domingo, 27 de enero de 2013

Anécdota de una Charla con un Hombre Invisible




Anécdota de una Charla con un Hombre Invisible



Su nombre era Humberto… o Alberto... no lo recuerdo muy bien. Tenía colgado de su torso un talego que armó anudando una cobija vieja y que llevaba amarrada a su espalda como un morral de esos “manos libres”. Miraba de reojo hacia atrás, como con desconfianza. Pero avanzaba con maña, sin miedo, como alguien que bien conoce la calle y está advertido ante cualquier ‘quiebre’ raro. Medio volteó con disimulo para mirar quién lo seguía, me vio y supo deducir que yo no era una amenaza para él. Entonces siguió andando, moviendo de atrás hacia adelante su radiecito de antena por la soltura de las manos cuando se camina sin preocupaciones. De lo contrario, probablemente, las hubiera llevado en sus bolsillos (rotos, quizás. Vacíos, seguramente).

Antes de que me resolviera a decirle que nos hiciéramos en esa acera a hablar un rato, en medio del bullicio que salía de varias discotecas de ‘La 10’ en el Poblado, el hombre paró de andar como para ver qué era lo que yo quería. Entonces, le propuse con naturalidad, pero algo pesimista en el fondo y expectante por su reacción: “Vení, sentémonos acá a conversar”. Él, con la simpleza del caso, se sentó sin problema. Me presenté, le dije que era estudiante de Comunicación Social y Periodismo, y que me interesaba -tanto por dispersarme un rato como por un asunto vocacional- conocer su historia de vida y que me contara cómo es su día a día, cómo sobrevive. Así que comencé preguntándole cómo se llamaba, cuántos años tenía y hace cuánto tiempo vivía en la calle.

Humberto, o Alberto, tenía 33 años (pero aparentaba unos 48 o más) y vivía hace aproximadamente 20 en “situación de calle (como le llaman formalmente los trabajadores sociales y sociólogos o académicos en general a eso de dormir en las aceras, pedir limosna, caminar sin rumbo y, en algunos casos, tener hasta que buscar sobrados de comida en las basuras para poder probar bocado en el día. O, llegar a consumir drogas para evadir su realidad o para embolatar el hambre con alucinógenos. En fin, ser un vagabundo. O una de esas personas a las que despectivamente les llaman ‘gamines’ o ‘desechables’ en Medellín y en otras ciudades de Colombia).

Yo estaba algo aturdido (quizás por eso no memoricé su nombre con claridad) y me saboreaba por el gustico a jarabe dulce que me había dejado el Jaggermeister y la suavidad de un par de cervezas Heineken que acababa de tomarme. Esa noche estaba ‘de farra’ con unos y unas amigas, bailando reggaetón y deleitando la pupila mientras miraba a una que otra niña bonita contonearse al ritmo de la música. Pero, el lugar estaba prácticamente hacinado y el calor era casi insoportable, así que cuando salí a tomar aire, me dio por pasar la calle al frente de la discoteca y buscarle conversa a aquel personaje. Fue un arrebato. Lo paradójico del asunto es que me haya dado menos pena hablarle a un extraño viejo harapiento, que dirigirme a una chica que me parecía atractiva y con la que ya llevaba un buen rato cruzando miradas, y justo cuando estaba preparado para decirle que bailáramos, apagaron las luces y la música del lugar, y ella se perdió rápidamente entre el gentío que salía.

...

Una extraña curiosidad me llevó a hablar con aquel hombre, tal vez, inspirado por una serie televisiva que vi en el Canal SPACE hace algunos años, donde un periodista argentino se sentaba con ese tipo de personajes en las calles y tras charlar con ellos encontraba impactantes e interesantes historias de vida. Relatos de experiencias fuertes y difíciles que, como desenlace, los llevaban a tomar la decisión de sobrevivir recorriendo a diario las aceras y el pavimento citadino ideando artimañas para conseguir dinero, malviviendo en imponentes urbes donde tal vez la única condición que comparten con las demás personas es verse diminutos bajo las inmensas estructuras, pues resultan invisibles para el resto de la gente por su precaria condición. (La indiferencia produce ceguera, de esa intencional). Hombres y mujeres marginados, con rostros y pies mugrientos, mal vestidos y con sus cabellos descuidados, resecos y largos. Entes que desfallecen o simplemente descansan de espaldas al asfalto, ya sea escampándose bajo un puente, o a la sombra de un centro comercial techado, o arrinconados al pie de la entrada de un bar que ha cerrado temprano. O acampando de noche debajo de un ‘cambuche’ improvisado hecho de chatarra y plásticos (o de cualquier otro material) a las afueras de la ciudad, en lotes abandonados o en lugares inhóspitos y desolados.

Ya cuando entablamos algo de confianza y empezamos a hablar con soltura, me daba la impresión de que le estaba hasta alzando la voz y que modulaba excesivamente con la mirada algo perdida en la tiesa barba de aquel señor. Era producto del alcohol. A veces me fijaba de más en sus diastemas y en uno que otro mueco que se dejaba notar mientras me contaba que no estudió y que desde niño trabajaba con su abuelo en el centro de la ciudad, como ayudante y ventero en una cigarrería. Que cuando quiso salir de allí, fue que conoció la calle y se acostumbró a ella. Que nunca tuvo novia, ni conoce el amor. Y aunque hay mujeres que han llegado a gustarle, “el amor que se encuentra en la calle no paga”, que “esas viejas no traman, ni convienen”. Que la única droga que ha probado, le gusta y le gasta plata de vez en cuando es a la ‘marihuanita’. Que él solo sabe pedir dinero y andar la calle, pero que a veces recicla pa’ ganarse unos pesitos de más. “Yo duermo al pie de un garaje, por allí arribita, cruzando diagonal, como yendo pal’ Lleras. Allá armo ‘cambuche’ y me acuesto, porque por ahí no me molesta nadie”, decía, asintiendo resignado luego de concluir cada cosa que me contaba y antes de agregar otra. Que él esa vida no se la desea a nadie, porque es difícil, pero que él ya está acostumbrado y como sabe que no va a encontrar trabajo en ningún lado, no aspira a ser ni a hacer algo diferente.

De seguro, fue un error haber conversado con aquel hombre mientras me encontraba en cierto estado de alicoramiento, pues, aunque le pregunté aproximadamente 3 veces su nombre, no puedo simplemente culparlo por no modular bien debido a su falta de piezas dentales, sino que debo ser consciente y aceptar también que me distraía fácilmente con su descuidado aspecto y con una que otra mujer atractiva que pasaba al frente nuestro, por no estar en mis 5 sentidos, y, debido a eso, puedo haber omitido muchos detalles relevantes (o que tal vez resultaran más interesantes) para este escrito anecdótico. Falta de ética profesional. Novatada. Pero, sin caer en rigurosidades ni juicios severos, debo reiterar que esa charla con aquel habitante de la calle fue, en definitiva, un asunto casual producto de un arrebato, como había mencionado antes. Por lo tanto, no me culparé en exceso.

Así que Humberto, o Alberto, o Roberto, o como sea que se llame aquel señor, sabría disculparme por simplemente no sentirse alguien importante. De hecho, siendo honesto, su historia de vida no resultó ser tan impactante como en algún momento esperé que resultase, pues era lo que pretendía obtener luego de haberme lanzado a hacerle esa informal e inusitada entrevista. Pero, aún así, lamento no nombrarlo con precisión, pues a pesar de no ser un ilustre y distinguido caballero de “buen nombre”, para mí, merece tanto respeto y consideración como se supone que debería tenerse por el señor alcalde, sin importar que su gestión más destacable durante lo que va de su labor administrativa haya sido traer a Madonna en concierto. (¿Admirable o reprochable?).

En fin! Nómadas citadinos que deambulan desesperanzados, cabizbajos, carentes de afecto, invisibles (o peor: invisibilizados). Aquellos que resultan imperfectos e inservibles productos y que son desechados mezquinamente por la maquinaria del sistema, así como Humberto (o Alberto, o Roberto), plagan a diario las calles de Medellín con su hedor a cruda y pestilente realidad social. 

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